¡Abajo el cis-tema! ¡Justicia para Paola!

Paralelismo entre la criminología y la exclusión transfóbica

Como historiadora, quiero platicarles sobre la evolución de la criminología porque considero que tiene una lección que el feminismo blanco debe aprender.

Durante el positivismo criminológico, en Italia a finales del siglo XIX, Cesare Lombroso desarrolló la teoría del “delincuente nato”, según la cual determinadas características biológicas, anatómicas y hereditarias podían revelar una supuesta predisposición natural hacia el delito. Para sorpresa de nadie, sus clasificaciones estaban atravesadas por el racismo científico y por una mirada evolucionista que colocaba determinados cuerpos y rasgos físicos en posiciones inferiores. La llamada “naturaleza criminal” terminó convirtiéndose en una forma de clasificar cuerpos, racializar la criminalidad y justificar su vigilancia y control.

La criminología tuvo que romper con ese determinismo porque la realidad demostró que el delito no podía explicarse encontrando una supuesta naturaleza criminal dentro del cuerpo de una persona. De tal suerte, que la disciplina desarrolló una metodología científica interdisciplinaria e incorporó el análisis del contexto, estudio de las relaciones sociales, de las condiciones económicas y culturales, así como el papel de las instituciones y del sistema penal en la producción y persecución del delito. Asimismo, se desarrollaron nuevos campos de estudio, entre ellos la victimología, que colocaron a las víctimas y sus experiencias dentro del análisis criminológico.

Para finales del siglo XX, la criminología crítica llevó esta ruptura todavía más lejos al preguntarse quién construye la etiqueta de delincuente, qué relaciones de poder producen la criminalización, por qué determinados grupos son perseguidos con mayor intensidad y cómo funciona el sistema penal dentro de una sociedad atravesada por desigualdades.

Toda esta historia tiene un paralelismo con la forma en que hemos construido el reconocimiento de la diversidad s*xual. Las personas de la diversidad s*xual han sido patologizadas durante décadas (o sea, creer que es una enfermedad), sin dejar de lado que a las mujeres cis también se nos ha patologizado históricamente , tan solo recordemos que la medicina y la psiquiatría utilizaron diagnósticos para disciplinarnos, declararnos “histéricas” o cuestionar nuestra racionalidad evadiendo que no eran problemas individuales sino signo de loas raíces patriarcales y capitalistas.

Y eso mismo debemos cuestionar cuando hablamos de las personas trans. El sistema hegemónico clasifica cuerpos, establece jerarquías y determina quién merece reconocimiento social. Por ello debemos preguntarnos qué relaciones de poder sostienen esa clasificación, quién obtiene beneficios de esa exclusión y qué orden social necesita convertir las diferencias corporales en fronteras políticas.

La misma lógica que alguna vez buscó al criminal en sus rasgos físicos aparece cuando se pretende reducir la identidad de las personas trans a una lectura biologicista de los cromosomas, los g*nitales o las características s*xuales. El cuerpo existe, claro que existe. Lo que debemos cuestionar es quién tiene el poder de convertir una característica corporal en una sentencia sobre la identidad, la dignidad y los derechos de una persona.

Para las feminsitas scialistas es claro que ser trans NO es una enfermedad. La identidad trans no necesita ser patologizada para ser comprendida, reconocida ni defendida. Asimismo, las experiencias de sufrimiento que pueden atravesar las personas trans deben analizarse considerando sus condiciones materiales de existencia, la violencia, la discriminación y la exclusión que produce el orden cisheteropatriarcal y no por una “disforia”, en todo caso, cualquier obrera la tendría, ¿qué mujer con conciencia de clase y género quiere vivir en un mundo de orden capitalista patriarcal?

Por ello, es contradictorio con el feminismo que sectores TERF recuperen herramientas esencialistas, biologicistas y patologizantes para construir una política de exclusión contra las personas trans.

La patologización, de manera histórica siempre ha sido un mecanismo de opresión, nunca de liberación.

Un feminismo que pretende emancipar a las mujeres no puede recuperar las mismas herramientas históricas que fueron utilizadas para declarar enfermas, irracionales o incapaces a las mismas mujeres que desafiaban el orden patriarcal.

Desde el feminismo socialista, tenemos que mirar las estructuras y relaciones de poder. La pregunta revolucionaria consiste en comprender qué relaciones sociales y económicas producen violencia, la exclusión y la subordinación; ¿quién se beneficia de ellas?, y cómo podemos combatirlas colectivamente.

Lombroso buscaba la criminalidad dentro de los cuerpos. La criminología crítica nos enseñó a mirar las relaciones de poder que producen la criminalización. El feminismo también debe aprender esa lección.

Nuestra tarea no es construir nuevas fronteras sobre los cuerpos, sino combatir las estructuras que convierten las diferencias en desigualdad y la desigualdad en opresión, porque una corriente que utiliza la patologización para excluir, no está liberando a nadie, sino que está reproduciendo una herramienta histórica de control y sometimiento.

¡Justicia para Paola!

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